30 de enero de 2012

Dulce despertar

Hay un hombre sentado. Puede que sea una muj... No, definitivamente es un hombre. Es raro ver a una persona ocupando un espacio del helado suelo a estas horas en esta época del año. Frío, mucho frío. No camina nadie, el viento es el único que hace acto de presencia. Siento tu respiración, pero no se donde estás; oigo el latir de tu corazón, pero no puedo oír nada más. Sigue sentado, en el mismo sitio, en la misma postura... No hace nada, no se, ni siquiera, si se mueve. Descansa tranquilo y alejado del ruido que debería ocupar esta ciudad. Ocurre algo. No, solo ha sido una hoja, una hoja ha caído, la rama no es fuerte, no soporta su peso, la deja caer... Alguien comienza a silbar. 

Me encuentro lejos de este escenario, soy un mero testigo de esta vida, quién soy, no lo se... Una pisada es suficiente para saber que no estoy sola, pero ¿quién? El hombre ha desaparecido, ya no hay nada, incluso las hojas parecen haber decidido abandonar este inhóspito paisaje. Miro a un lado, a otro, ¿qué hago? Camino hacia las sombras, sola. Ese olor... Sí, eres tú. Sigo sin poder verte, estás, pero no te veo. Camino, camino, camino más. "Para", me digo, "¿qué buscas?" 

No hay salida, no hay vuelta atrás. Todo estaba en mis manos y, de repente, ya no se que era aquello que con tantas ganas comencé a saborear. Lo busqué, lo encontré. Lo vuelvo a buscar, y volveré a encontrarlo. Solo necesito algo que me recuerde quién soy, así sabré qué quiero ser; solo necesito... El escenario es diferente. Ya no hay hojas, no hay ruido... pero tampoco silencio. Suena un compás, lo sigo. Mi caminar se hace más lento. Ahora lo recuerdo. 

Es entonces cuando tus manos rodean las mías, cuando siento tu cuerpo junto al mío. Nunca he estado perdida, siempre he sabido qué era aquello y quién era aquel. Respiro. Sí, nunca me has dejado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario