Empieza a bajar las escaleras que lo separan de la vida y de lo que no lo es, de lo que le gusta y de lo que le asusta. Antes podía decidir, antes sabía quién era; antes era joven, un ángel de alas rotas que supo dónde parar, o decidió dónde hacerlo aun sin saberlo.
Ahora camina con el alma en otra parte, con el corazón asustado y el cuerpo perdido. Arrastra sus pies entre hojas que no lo detienen pero lo hacen más lento, entre barro que lo ata a algo y lo hace preso, entre polvo que vuela soplado por algo que, muchas veces, desaparece. Y entonces, solo entonces, el polvo vuelve a caer.
Hierbas de la risa, flores de alegría.
Se echa a un mar que lo recibe lento, pero él no sabe que puede complicarse. Cuando es solo un dedo el que está mojado no hay miedo que quiera aparecer, se esconde y rápido. Pero la marea sube y empieza a cubrirlo todo. No hay nada para calmar esto que sube y baja dentro y fuera, y ya no es agua. Cuando un océano de cosas desconocidas se enfrenta con fiereza da igual saber nadar. Pero no sabes nadar. Si supieras nadar...
Fuera tienes ramas que se acercan y te sostienen la cabeza bien alta. Da igual que el mar se haya hecho con tu cuerpo, da igual que tu alma esté sin saber si ir o venir, que tus manos no sepan cómo aferrarse a lo que hay fuera. Da igual que tu mente se vaya con el aire, la brisa protegerá tu corazón.

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