23 de septiembre de 2012

Las cosas buenas nunca acaban

Se creía solo y a nada de caer, mientras el viento le decía que ya era otoño. Papeles esparcidos por el suelo y música que salía de su propia cabeza, lágrimas que se perdían con las gotas y gotas que mojaban. Hizo que un pájaro volara. Grito de desesperación, chillido que desgarra, alma que dice lo sabías. Se ve incapaz de andar, sus piernas ya no quieren seguir, su cuerpo se ha perdido al perder lo que le alimentaba. Dulces esferas irregulares, dulce manjar perdido, algo propio y dado por amor, perdido... Tocar y reconocer, sentir y no querer olvidar. Sigue sonando esa música, esa que dice que la quiere hasta el fin del mundo, esa que tantas cosas le ha dado; siguen los papeles por el suelo repartidos, pero siguen. Puede leer en ellos tantos recuerdos... puede ver en ellos tantas lágrimas... puede imaginar en ellos la vida. Respirar. Sigue sin poder caminar, no tiene ya ni ganas de intentarlo. Darse cuenta de lo que de verdad es importante en la vida, darse cuenta por lo que de verdad merece la pena luchar. El viento sigue y trae con él un olor, su olor. Noches que se recuerdan en cada almohada. 

No está solo, la vida le ha dado otra oportunidad. Solo tiene que levantar la cabeza para ver que la vida le ha dado otra oportunidad. Pasos de alguien a quien no esperaba, pasos que recuerdan la canción que no deja de sonar, pasos que dicen que va a dejarse querer hasta el fin del mundo.

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